Un buen sombrero no exige gran cosa: un poco de atención, gestos regulares, y se lo devolverá con creces. Estas son las costumbres que recomendamos a quienes salen de casa de nuestros sombrereros asociados con un modelo bajo el brazo —o, mejor dicho, sobre la cabeza—.
Los buenos gestos del día a día
- Coja siempre su sombrero por el ala, nunca pellizcando la copa: es ahí donde las materias se marcan antes.
- Cepíllelo con regularidad, en el sentido de la fibra, con un cepillo suave para retirar el polvo.
- Déjelo respirar después de cada uso, apoyado boca abajo sobre la copa o colgado, en lugar de guardarlo enseguida.
- Manténgalo alejado de las fuentes de calor directo, que resecan las fibras y deforman las alas.
La lluvia no es una catástrofe, siempre que se reaccione bien. Un fieltro sorprendido por un chaparrón se seca al aire libre, apoyado sobre la copa, lejos de cualquier radiador. Una paja, más sensible, prefiere que se le pase con delicadeza un paño seco antes de terminar de secarse a temperatura ambiente. En cualquier caso, no fuerce nunca el secado.
Guardar el sombrero y viajar con él
Para las pausas largas, una sombrerera sigue siendo el mejor de los hogares: protege de la luz, del polvo y de los golpes. Deslice un papel de seda dentro de la copa para ayudarla a conservar su forma, y guarde la caja en un lugar seco y templado.
De viaje, lo mejor sigue siendo llevar el sombrero puesto. Si tiene que transportarlo, acomódelo entre sus cosas con la copa hacia abajo, el hueco relleno de prendas suaves, y evite colocar nada encima. Las materias más flexibles perdonan mucho; las más estructuradas merecen algo más de precaución.
«Un sombrero no se repara como se preserva: el mejor cuidado es el de todos los días.»
Por último, ante la duda —una mancha rebelde, una forma cansada—, confíe su sombrero a un sombrerero en lugar de improvisar un remedio. Un profesional sabrá devolverle la forma y la juventud. También en eso consiste el placer de un sombrero bien acompañado.



