Aurega es una historia de familia. Fundada en 2010 por Vincent Rességuier y su madre, Danielle Garrigues, la casa se instaló en L’Honor-de-Cos, en el Tarn-et-Garonne. Es allí, entre las colinas del Quercy, donde late hoy el corazón de nuestra actividad.
A partir de 2020 desarrollamos allí un taller de fabricación francesa. Una parte de nuestros modelos nace en él; otros nos llegan de casas asociadas, especialmente de Italia, mientras que nuestros auténticos panamás se tejen en Ecuador, en paja toquilla, según la tradición. Cada sombrero lleva así la huella de un saber hacer preciso, sea cual sea el lugar donde nació.
La materia, ante todo
Todo empieza por la materia. Conos de paja trenzada, fieltros, tejidos: cada pieza se elige a mano, se observa a plena luz, se toca. Es al tacto como se adivina si una fibra aceptará la forma que queremos darle, si conservará su porte con el paso de las estaciones.
Después llega el conformado. Bajo el efecto del vapor, la fibra se ablanda y se deja guiar. El artesano coloca el cono sobre la horma, ajusta, alisa con la palma de la mano. Bastan unos minutos para que la copa encuentre su curva, pero habrán hecho falta años para aprender a sentir el momento justo.
El tiempo del gesto
El guarnecido cierra el capítulo. El grogrén que ciñe la copa, el forro interior, la puntada regular: esos detalles que apenas se notan marcan toda la diferencia cuando se lleva un sombrero de la mañana a la noche. Piden calma, una aguja segura y ese gusto por el trabajo bien acabado que se transmite de una generación a otra.
«Un sombrero logrado es un sombrero que uno olvida que lleva puesto.»
Desde el taller, nuestros sombreros parten hacia los sombrereros y tiendas asociadas que dan vida a la casa por toda Francia. Es allí donde la historia continúa: frente al espejo, en el momento de probarse, cuando un sombrero encuentra por fin su cabeza.



