Una colección nunca nace de golpe. Se esboza por pinceladas: un tono entrevisto en un mercado, una cinta encontrada al fondo de un cajón, la silueta de un transeúnte un día de viento. En Aurega, estas impresiones se acumulan durante meses antes de convertirse en sombreros.
Todo empieza por la materia
La primera elección es siempre la de la materia. Pajas finas o rústicas, fieltros flexibles o firmes, lonas de verano: es ella quien impone su carácter y dibuja, en negativo, las formas posibles. Una paja nerviosa pedirá un ala franca; una fibra más dócil aceptará curvas suaves.
Luego llega el color. En la reserva del taller, las bobinas de hilos de guarnecido componen una carta de colores viva, de la arena al azul noche. Combinar un grogrén con una paja, atreverse con un contraste o elegir la discreción: estas decisiones minúsculas dan a cada modelo su tono.
Del boceto al prototipo
Las primeras pruebas rara vez salen perfectas, y así está bien. Se conforma, se observa, se vuelve a empezar. Un ala apenas acortada, una copa ligeramente ahuecada, y el sombrero cambia de rostro. El prototipo pasa de mano en mano hasta que todos, en el taller, le encuentran ese aire de evidencia que tienen los buenos sombreros.
Nuestros sombrereros y tiendas asociadas desempeñan aquí un papel muy valioso. Conocen a sus clientes, sus cabezas, sus costumbres. Sus comentarios nos ayudan a ajustar la profundidad de una copa o a conservar un clásico que pensábamos sustituir.
Para ella y para él
Cada temporada, la colección se declina para la mujer y para el hombre, con puentes asumidos: muchos modelos se llevan indistintamente, y a menudo es el porte de cada uno quien decide. Cuando se dan las últimas puntadas del guarnecido, la colección deja el taller. Ya no nos pertenece: espera sus cabezas.



