Un sombrero bien elegido no llama la atención de entrada: sencillamente favorece a quien lo lleva. Antes de hablar de estilo, un sombrerero empieza siempre por dos preguntas muy concretas: ¿cuál es su talla de cabeza y para qué uso busca este sombrero?
Empezar por el contorno de cabeza
El contorno de cabeza se mide con una cinta métrica flexible, colocada aproximadamente un centímetro por encima de las cejas y pasando por el punto más prominente de la parte posterior del cráneo. La mayoría de los adultos se sitúan entre 55 y 61 centímetros. Un sombrero de la talla correcta se sujeta sin apretar: debe poder deslizar un dedo entre la badana y la sien. Demasiado ajustado, deja marca y provoca dolor de cabeza; demasiado grande, gira a la primera ráfaga de viento.
Respetar sus proporciones
La regla más útil es la del equilibrio: el ala del sombrero no debería superar la anchura de los hombros. A una persona de baja estatura le favorecerá un ala corta o media y una copa moderada; una silueta esbelta puede permitirse un ala ancha y una copa más alta. Si duda entre dos anchuras de ala, elija la más estrecha: se lleva con más facilidad en el día a día.
Elegir la materia según el uso
- Fieltro de lana o de pelo: calidez y porte, ideal de octubre a abril.
- Paja y fibras trenzadas, entre ellas el panamá: ligereza y sombra para la buena estación.
- Algodón y lona: los bobs y las gorras flexibles, fáciles de llevar y a menudo hidrófugos.
- Lana tricotada o punto: gorros y gorras de invierno, para llevar sin reparos.
Por último, piense en la ocasión. Un sombrero de diario debe soportar que lo manipulen, lo dejen y lo retomen; uno de ceremonia puede permitirse más delicadeza. En Aurega, casa familiar instalada en el Tarn-et-Garonne, nos gusta decir que un buen primer sombrero es el que uno olvida que lleva puesto: pruébeselo, muévase, mírese de perfil y fíese de su comodidad tanto como del espejo.
El buen sombrero no es el que más se nota, sino el que uno vuelve a ponerse cada mañana sin pensarlo.
