Por la cabeza se pierde una parte notable del calor corporal: en invierno, el sombrero vuelve a ser una prenda de pleno derecho. La buena noticia es que la estación fría ofrece las materias más hermosas de la sombrerería: fieltros profundos, lanas densas, puntos mullidos.
El fieltro, rey de la estación
Un fedora o un sombrero de ala flexible en fieltro de lana corta el viento, soporta una lluvia fina y da de inmediato empaque a un abrigo. El fieltro de pelo, más fino y flexible, ofrece un tacto y una resistencia superiores: es la inversión de los inviernos que duran. En ambos casos, sacuda el agua tras un chaparrón y deje secar a temperatura ambiente, nunca sobre un radiador, que deformaría la copa.
Gorra, gorro, boina: el invierno en el día a día
Para los trayectos diarios, la gorra de lana es una aliada muy valiosa: abriga, va con todo y combina tanto con un blazer como con una parka. El gorro de punto sigue siendo la opción más sencilla con mucho frío, y la boina aporta una nota francesa atemporal. Lo ideal es tener dos: un sombrero estructurado para los días vestidos y una pieza flexible para todo lo demás.
- Viento frecuente: prefiera una forma ajustada o una gorra, más estables que un ala grande.
- Lluvia habitual: el fieltro de lana saca del apuro, el fieltro de pelo resiste mejor; evite la paja, fuera de temporada de todos modos.
- Frío intenso: el punto y los modelos forrados cubren las orejas, algo que pocos sombreros estructurados hacen.
- Oficinas e interiores caldeados: elija un modelo que se quite y se lleve en la mano o se guarde en un bolsillo sin problema.
En cuanto a los colores, el invierno prefiere los tonos profundos: azul marino, antracita, marrón, verde bosque. Combinan con los abrigos de la estación y perdonan la lluvia. Un sombrero claro en invierno es espléndido, pero pide algo más de cuidado: cepillado regular y un guardado esmerado.
En invierno, un sombrero no es un accesorio: es la pieza que remata el abrigo.
